SAN JERÓNIMO PENITENTE

La iconografía en el panorama artístico sevillano

San Jerónimo es un santo dálmata que nació ca. 340, y al cual su longevidad, vivió unos ochenta años, le hizo alcanzar el siglo V, pues murió en Belén el año 420. De educación literaria refinada, fue bautizado en el 366. Con 27 años, entre el 374 y el 377 tuvo su primera experiencia eremítica y penitente en el desierto de Calcis, en Siria, durante 3 años.

En el 382 asistió al Concilio de Roma, y fue nombrado por el Papa San Dámaso, por cierto de origen hispano, secretario encargado de las relaciones entre las Iglesias de Oriente y Occidente, y el Romano Pontífice le encargó además la revisión de la versión latina de la Biblia, que se llamó Vulgata y se convirtió en el texto oficial de la Iglesia Latina.

Muerto su valedor en el 384, al año siguiente marcha a Oriente para vivir una vida retirada de penitencia, en imitación de Cristo, estableciéndose en una cueva en Belén, donde vivió sus últimos 35 años dedicado al estudio de las Sagradas Escrituras y de apología contra las herejías, que lo erigen en un auténtico asceta, humanista cristiano y patrono de los traductores. Fundó, además, cuatro monasterios, uno masculino y tres femeninos, más una casa para los peregrinos, espejo en el que habrían de mirarse los fundadores de la orden jerónima.

Cueva en Belén de San JerónimoSu cercanía al Papa San Dámaso hace que se le represente, aunque anacrónicamente, revestido de la púrpura y el capelo cardenalicios. Suele también estar rodeado de una calavera por su ascetismo; de las Escrituras, por su trabajo de traducción, por lo que incluso se le representa con anteojos a veces; de una piedra con la que, penitente, se golpea el pecho en el desierto, y de un agradecido y dócil león a sus pies, al que le había quitado una espina de la zarpa, por más que sea creído este relato atribuido a nuestro santo por confusión con San Gerásimo del Jordán.

San Jerónimo por Bassano el Joven, siglo XVI En 1295 fue reconocido por Bonifacio VIII como Doctor de la Iglesia, y acabó siendo considerado uno de los cuatro Padres representativos de la Iglesia Latina, junto a San Gregorio Magno, San Ambrosio de Milán y San Agustín de Hipona, lo que les hace ser representados juntos en muchos retablos, en las pechinas de las cúpulas, etc.

Los Padres de la Iglesia, pintados por Sacchi De la iconografía desarrollada en torno a él, nos interesa la denominada San Jerónimo Penitente, que nos lo presenta como modelo de asceta cristiano, que une el ejercicio de las virtudes con la erudición apologética. Esto hace que se convierta en la predilecta de la Contrarreforma, porque expresa el ideal católico de defensa de la fe ortodoxa contra la herejía, que se manifiesta, además, en las obras y en un ideal de vida austera y penitente.

Vamos a hacer un repaso de las esculturas más representativas de esta iconografía durante el manierismo y el barroco en el ámbito hispalense, tomando como punto de partida al florentino Torrigiano, que vino a recalar en Sevilla en su azarosa vida.

Torrigiano, 1525

La llegada del florentino Torrigiano a Sevilla en 1521 es como una bocanada de aire fresco en el ambiente artístico sevillano, porque con él llega a la metrópoli hispalense el mejor exponente de la vanguardia escultórica italiana, que ya se adentra en el sendero del manierismo, superada ya la etapa del clasicismo renacentista, y supone una renovación del panorama escultórico de la metrópoli.

Este escultor había nacido en Florencia en 1472, y participó en la Academia del gran Lorenzo de Médici. Hombre fornido, su carácter colérico hizo que le quebrase la nariz a su condiscípulo Miguel Ángel, lo que le llevó a huir y emprender su viaje por Europa hasta llegar a Sevilla cumplidos sus 49 años.

Para el Monasterio de San Jerónimo de Buenavista realizó una obra que habría de convertirse en referente artístico de primer orden en la ciudad, la figura de San Jerónimo Penitente, que hoy se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.

San Jerónimo Penitente-Torrigiano Había sido fundado en 1413 por el jerónimo sevillano, hijo del monasterio de Guadalupe, Fr. Diego Martínez, a proposición de sus padres que querían tenerlo cerca, en el pago de Mazuelos o Buenavista, con cuyo fin obtuvo licencia del prior de Guadalupe en 1414 y la casa cobró autonomía total en 1426.

Monasterio de San Jerónimo en Buenavista, Sevilla Es la primera fundación de la orden jerónima en Sevilla, a la que vendrían a sumarse San Isidoro del Campo, que fue transferido a esta orden en 1431, también monasterio masculino, y el femenino de Santa Paula en 1473. De las tres fundaciones solo subsiste la femenina, a la que nos referiremos más adelante.

Este monasterio, como las demás casas de las órdenes religiosas masculinas, sufrió una suerte adversa a la llegada del siglo XIX. Fue incautado en 1810 en la francesada, de nuevo en el trienio liberal, hasta que fue suprimido definitivamente en 1835, lo que habría de influir en el paradero definitivo de la obra.

En esta colosal escultura, de 1’60 m. de altura, se adapta a la tradición hispalense con la adopción del barro cocido, muy utilizado en ella. Fija en esta imagen el que habría de ser el prototipo iconográfico del santo penitente, influyendo en todas las representaciones que se realizaron tanto en el manierismo como en el barroco sevillano.

Escultura de San Jerónimo Penitente Vasari nos proporciona el dato de que tomó como modelo a un viejo criado del comerciante florentino Botti, afincado en Sevilla. Como todas las imágenes que comentaremos en adelante, se presenta como un anciano venerable barbado, genuflexo, desnudo de cintura para arriba, con piedra para golpearse en la mano derecha y crucifijo en la izquierda, en el que focaliza su mirada.

Fue desde un primer momento objeto de devoción y de admiración, y estaba colocado en capilla propia en el lado del evangelio, donde estaba expuesto exento, para poder ser contemplado desde todos los puntos de vista. Incluso Goya, durante su estancia en Sevilla, fue a verla en dos ocasiones, y manifestó su admiración por esta imagen a su amigo Ceán Bermúdez.

Con la llegada en el XIX de las supresiones de casas religiosas, estuvo un tiempo depositado, por voluntad de los frailes, como más adelante desarrollaremos, en el convento de Santa Paula, pasando tras la exclaustración y supresión de órdenes religiosas masculinas en 1835 al Museo de Bellas Artes.

Copia de Torrigiano por Juan de Astorga, 1827

El San Jerónimo Penitente de Torrigiano, que acabamos de estudiar, procedente, como hemos visto, del Convento de San Jerónimo de Buenavista, estuvo provisionalmente depositado, como ya hemos adelantado, en el Monasterio también sevillano de Santa Paula, de la misma orden jerónima, por lo siguiente.

Aunque, tras el trienio liberal, en 1823, se les permitió a los monjes regresar al monasterio, éste estaba ya muy maltrecho y éstos decidieron de momento depositar los bienes muebles que pudieron salvar en el convento femenino, único en Sevilla de la orden.

Pero allí estuvo sólo hasta 1825. Una de las religiosas de dicho convento, María de la Luz Barrera, prendada de la belleza de la imagen del inspirador de su orden, decidió encargarle una copia al más afamado escultor de la época en la ciudad hispalense, Juan de Astorga, como comenta en su monografía sobre el escultor José Ignacio Ruiz Alcañiz. Lo hizo a sus expensas, y pagó por él la considerable suma de 7.200 reales.

Hizo primero un diseño en barro, de unos 30 cm., de gran calidad, que se expone en el coro alto dentro de un fanal de cristal, en el que se recrea la cueva de Belén.

Escultura de San Jerónimo de Juan de Astorga San Jerónimo, obra de Juan de Astorga La imagen definitiva, en madera policromada, con ojos de cristal, algo menor que el original, se encuentra en una hornacina en el coro bajo de la iglesia conventual. Muestra un delicado estudio anatómico, más dulcificado que el de Torrigiano, y es de un tamaño algo menor. Fue entregado el 26 de mayo de 1827.

Según transcribe Álvaro Pastor Torres del libro de actas de la comunidad, el domingo infraoctavo del Corpus de dicho año: “se estrenó en la procesión la nueva efigie de Nuestro Padre San Jerónimo que hizo Don Juan de Astorga, uno de los mejores escultores y el de más fama que al presente hay en Sevilla, y copió la portentosa estatua original del mismo Nuestro Santo Padre que se venera en el Monasterio de Buena-Vista de nuestra  misma Orden que hizo el célebre escultor Torrigiano, natural de Florencia, allá por los años 1515-1520. Pues con motivo de aver estado depositada en la iglesia de este Monasterio a súplicas de los monjes de aquel M. desde el mes de agosto de 1823 hasta el año de 1825 por no tener habilitado su templo destruido por resultas de la supresión que sufrieron del gobierno constitucional, con Licencia del M. R. P. Fray Francisco de la Serena, prior del dicho Monasterio, sacó el referido Juan de Astorga un diseño en barro y de éste la expresada efigie en madera por el valor de 7.200 reales que satisfizo de su propio peculio la Sra. Dña. María de la Luz Barrera, religiosa profesa y dignísima hija de esta Comunidad, la que le está muy agradecida. El diseño también ha quedado en este monasterio. La efigie de nuestro Santo entró en esta clausura el 26 de mayo, siendo recibido por la Comunidad con repique de campanas y se bendijo por el dicho Prior Fray Francisco de la Serena”.

Visión frontal escultura San Jerónimo Jerónimo Hernández, 1565-6

Jerónimo Hernández arribó en Sevilla con su maestro Juan Bautista Vázquez el Viejo. Una de sus primeras obras en la ciudad es un altorrelieve en el banco del retablo del Altar de la Visitación de la catedral hispalense (79’5 x 94’5 cm.), que cuenta con policromía de Pedro Villegas Marmolejo, al que se encomendó la obra en 1565 y del que son las pinturas del conjunto.  Es una obra deudora del modelo de Torrigiano, al que sigue, con una estética netamente manierista. El dicho altar fue fundación del capellán de la catedral Diego de Bolaños.

Relieve de San Jerónimo, obra de Jerónimo Hernández Juan Bautista Vázquez el Viejo, c. 1588

De Juan Bautista Vázquez el Viejo se conserva una imagen de San Jerónimo Penitente en la Parroquia de Santa María de la Granada, iglesia mayor de Llerena, sede entonces del Priorato de San Marcos de León de la Orden de Santiago, gobernada por un Vicario General, a veces incluso revestido de la dignidad episcopal, y de Tribunal de la Santa Inquisición. De bulto redondo, simulando estar en la gruta de Belén, aparece a sus pies el león y el capelo colgado de la roca.

San Jerónimo por Juan Bautista Vázquez el Viejo No es la primera vez, como apunta Margarita Estella, que tuvo que afrontar esta iconografía, porque sabemos que el 12 de enero contrató con Jerónimo Aliaga, vecino de Lima, una imagen de ella en madera de cedro, aunque no se sabe nada de su destino final.

La imagen de Llerena es, por supuesto, también deudora de la de Torrigiano, aunque en ella se observa un rostro demacrado, una mirada expresionista y una postura netamente manierista deudoras de la huella de Berruguete, característica de este autor, que, formado en Ávila, se afincó en Sevilla en 1561.

Lo cierto es que el 18 de marzo de 1586 recibió nuestro escultor una cantidad a cuenta del total de un retablo para Llerena. No es otro que el desaparecido de la Capilla del Prior de la ya citada parroquia. Allí murió en su ejecución en 1588, por lo que es probable que esta imagen del santo, único elemento superviviente del retablo, fuera terminada por su hijo Juan Bautista Vázquez el Mozo, que ultimó el proyecto.

Juan Martínez Montañés, 1604

La primera interpretación de San Jerónimo Penitente del apodado dios de la madera, Juan Martínez Montañés, el más afamado escultor de la escuela sevillana de todos los tiempos, se conserva también en Llerena (Badajoz).

San Jerónimo, obra de Martínez Montañés La imagen, hoy descontextualizada, formaba parte del desaparecido retablo mayor del convento de Santa Clara de esta localidad, patrocinado por Jerónima Delgado en 1597, de ahí la inclusión del santo, viuda de Hernán Delgado Mexía el Mayor.

Juan de Oviedo el Mozo realizó la carpintería del retablo; la escultura, Martínez Montañés, que sucedió en el encargo a Gaspar Núñez Delgado, y el dorado, estofado y policromado, Juan de Uceda. De él sólo resta la imagen del santo penitente, que podemos incluir en el periodo de consolidación del artista.

Como referentes iconográficos y estilísticos, se inspira, sobre todo, en la imagen de Torrigiano ya comentada, así como en el altorrelieve de Jerónimo Hernández, aunque en él se observa el sello propio del artista, ese naturalismo protobarroco que lo caracteriza.

Juan Martínez Montañés, 1609-12

Entre los años 1609 y 1612 ejecutó el gran maestro Juan Martínez Montañés, con policromía de Francisco Pacheco, el retablo mayor del Monasterio de San Isidoro del Campo, fundación de Guzmán el Bueno, a pocos kilómetros de Sevilla, en la margen derecha del Guadalquivir, en el lugar de la antigua Itálica, hoy Santiponce. Éste había pasado de la orden cisterciense a la jerónima en 1431.

Habiendo reformado la iglesia monacal a la moda bajorrenacentista, a la hora de decidir la comunidad jerónima a quien encomendar el retablo mayor, asesorados por los jesuitas, en especial por el P. Juan de Pineda, notable teólogo, decidió encomendárselo al maestro Martínez Montañés.

La decisión no fue en ningún momento apresurada, pues ya había realizado el escultor para esta casa monacal un tabernáculo de puertas para el altar del Santo Cristo de la segunda iglesia, y, como da a conocer Hernández Díaz, respondió a largas gestiones que debieron empezar en torno a 1607.

Retablo del monasterio de San Isidoro del Campo La obra, contratada el 16 de noviembre de 1609, se estipuló en 3.500 ducados, a los que se añadieron, por demasía de gastos, 300 fanegas de trigo. Se concertó la participación de cinco o más ensambladores y de todos los escultores que pudiese contratar. Se estipula un plazo de entrega de un año y medio, con moratoria de tres meses, pero al final no fue cancelada la escritura hasta el 16 de octubre de 1613.

Es el más monumental y completo de sus retablos, pues pertenece a la época de su producción que el citado Hernández Díaz denominó etapa magistral, en la que muestra plenamente desarrollada su personalidad y da lo mejor de sí.

En cuanto a la monumental imagen del santo padre de la Orden de la hornacina central, completamente de su mano, “sin que le ayude nadie”, representado en su pasaje de penitencia, sus fuentes de inspiración ya las hemos reseñado en la obra anterior: Torrigiano y Jerónimo Hernández.

San Jerónimo, obra de Martínez Montañés para el retablo del Monasterio de San Isidoro del Campo Nos enfrentamos ante una figura corpulenta de anciano venerable, de anatomía realista y mirada penetrante, despojado de cintura para arriba de túnica púrpura cardenalicia. Su hornacina, la principal del retablo, está decorada con un bajorrelieve de un paisaje, con el león a sus pies, y de un árbol, del que pende el capelo.

La imagen, perfectamente terminada desde todos los ángulos de vista, pues se preveía su uso procesional, fue muy estimada desde su ejecución, entre otros por Francisco Pacheco en El Arte de la Pintura, considerándola inimitable. No hay que dudar que Montañés echó toda la carne en el asador por la envergadura y relevancia del proyecto. Incluso se cuenta una anécdota reveladora: dos hombres advirtieron al maestro que la túnica del santo manifestaba descuido, pues el cuello parecía la pretina de unos calzones y los botones estaban hechos al revés, lo que el escultor aceptó y enmendó.

Con este broche de oro cerramos el ciclo iconográfico de San Jerónimo Penitente en la escuela escultórica sevillana.

Ramón de la Campa Carmona

Academia Andaluza de la Historia