SANTA PAULA, EL BEATO JUAN PALAFOX Y LAS ESCUELAS DE CRISTO

Virginia López Moreno

El Monasterio de Santa Paula fue fundado en el año 1475 para Jerónimas, rama femenina de la Orden que había sido aprobada por el Papa Gregorio XI en el año 1373, tras la experiencia eremítica de un grupo de caballeros hispanos que se inspiraron en la figura de San Jerónimo, cuya vida transcurrió entre los siglos IV y V.

Y la primera Escuela de Cristo fue fundada en Madrid en el año 1653 inspirándose en los Oratorios de San Felipe Neri, quien fundó el primero en 1575. De las cinco Escuelas de Cristo que quedan en España en la actualidad, una es la sevillana.

Dos instituciones muy diferentes entre sí –la una, vida monacal consagrada; la otra, congregación de sacerdotes y seglares para el perfeccionamiento espiritual de los mismos– y que nada tienen que ver la una con la otra, excepto en Sevilla, donde una feliz coincidencia, muy desconocida, las vincula.

El nexo de unión lo constituye el Beato Obispo Juan de Palafox, quien redactó las primeras Constituciones de la Escuela de Cristo madrileña y cuya biografía escribió Madre Cristina, Priora de Santa Paula.

Madre Cristina

Conozcamos previamente este personaje, beatificado recientemente y cuya mitra, como escribió Madre Cristina, estuvo entre dos mundos.

Juan de Palafox y Mendoza, nació en la localidad navarra de Fitero finalizando la centuria del Seiscientos y falleció cincuenta y nueve años después en la Diócesis de El Burgo de Osma.

Era hijo ilegítimo del Marqués Casa de Ariza y, habiendo quedando abandonado, de niño trabajó de pastor hasta que, reconocido por su padre a los nueve años, inició entonces una educación acorde a su linaje, pasando por las universidades de Huesca, Alcalá de Henares y Salamanca.

Desde joven compagina destacados cargos eclesiásticos y políticos, y, tras ser ordenado sacerdote en 1629, es nombrado Capellán de la Emperatriz María de Austria, hermana de Felipe IV.

En 1640 toma posesión de la sede episcopal de Puebla de los Ángeles de Nueva España. Esta localidad mexicana fue fundada en 1531 por un grupo de conquistadores de Indias, entre los que se encuentra el matrimonio de sevillanos conformado por María de Estrada y Alonso Martín Partidor.

Allí permaneció diez años haciendo acopio de las tareas pastorales y los cargos políticos de los que fue investido, llegando a ser, interinamente, durante unos meses, Virrey, hasta el nombramiento de García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra. Este título lo heredó la Duquesa de Alba de su madre y se lo concedió a su hijo tocayo.

Una biografía más exhaustiva daría cuenta con prolijidad de los problemas que tuvo en su labor y es que en ese tota simul de cargos civiles y religiosos, no tuvo pocos enfrentamientos, como se colige de las cartas que envió al monarca, donde denuncia todo tipo de abusos y tropelías.

Y en cumplimiento de las disposiciones conciliares de Trento, mantuvo fuertes litigios con diversas órdenes religiosas, especialmente con los jesuitas. También la Inquisición mexicana se posicionó contraria al obispo, promoviendo un auto de fe simbólico el día que el prelado consagraba la Catedral. Las querellas se resolvieron salomónicamente con breves pontificios y cédulas reales que conminaban a unos y a otros en pro de una mejor convivencia.

El que sería considerado por el Arzobispo Antonio de Lorenzana como “el mejor diocesano que ha tenido América” regresa a la península dejando una notable impronta de celo apostólico –formación del clero, administración de sacramentos, visitas pastorales a lejanos enclaves– y un denodado mecenazgo patrimonial –además de las construcciones eclesiásticas, el apoyo a las artes y el impulso a la imprenta y la Universidad–; pero, como hombre de su tiempo, las sombras de su biografía se ciernen en su obstinada petición de execración de las huestes ignacianas, así como en la destrucción de ídolos aztecas, que por suerte no resultó abundante.

Fue nombrado Obispo de la pequeña e insignificante sede soriana en 1653, lo que supuso un varapalo a sus aspiraciones aun cuando derivó en una intensa labor espiritual a través de una vasta obra escrita, de contenido ascético y místico. Lejos de la corte, sin responsabilidades políticas y sin enemigos declarados, pudo ejercer la pastoral y el magisterio a los que se entregó sin descanso.

En el ínterin de ambas mitras, permaneció en la Corte donde fue nombrado miembro del Consejo de Aragón –y no de Indias, como anhelaba, así como su vuelta a Puebla– y llegó a “firmar la paz” con la Compañía de Jesús por orden del Papa.

También se ocupó de posicionar a sus familiares. Su sobrino Jaime Palafox llegaría a ser Arzobispo de Sevilla donde fallece en 1684 y a donde trae la devoción a Santa Rosalía en el Convento de Capuchinas, tras haber sido Arzobispo de Palermo.

El proceso de beatificación de Juan de Palafox, paralizado por los inquisidores y los jesuitas, fue retomado por el Papa San Juan Pablo II, y el Cardenal Angelo Amato lo beatificó en Osma el 5 de junio de 2011, si bien su festividad es el 6 de octubre. Está enterrado en Osma, en un sepulcro auspiciado por el Rey Carlos III, pero el sepulcro vacío de Puebla recibe a más devotos.

En el locutorio del antiguo troje, hoy sala del Museo del Monasterio de Santa Paula, hay un cuadro que lo representa con la Virgen María.

Retrato de Palafox en el Museo de Santa Paula

Madre Cristina de la Cruz, en vida Cristina de Arteaga y Falguera, era hija del Duque del Infantado y sobresalió como Doctora en Historia con una Tesis dedicada al que fue su ilustre antepasado; no en vano el Marquesado Casa de Ariza quedó en su estirpe. Con acceso al archivo familiar, aportó documentación inédita en las diversas obras que le dedicó.

Dado que Palafox escribió las Constituciones de las Escuelas de Cristo, se le considera su confundador. Además, fue el Padre Obediencia de la misma y le imprimió unas características que la diferenciaban de los oratorios filipenses.

De las tres Escuelas de Cristo que hubo en nuestra ciudad, permanece la del Barrio de Santa Cruz a cuya Iglesia se accede mediante la denominada Plaza de Escuela de Cristo que no es sino un antiguo adarve, uno de los sitios más recoletos de Sevilla.

Allí hay un azulejo que reproduce una pintura. Se trata de una Adoración de los pastores, de Pedro García Ferrer, un pintor que acompañó al Obispo a Puebla, y que acabó siendo ordenado sacerdote. Un texto te indica que el joven pastor es su retrato auténtico.