VIRGEN DEL ROSARIO, AUXILIO DE LOS CRISTIANOS

 

La batalla de Lepanto - FSSPX.Actualités / FSSPX.News

 

En el 450 aniversario de la batalla de Lepanto

Ramón de la Campa Carmona

Academia Andaluza de la Historia

El domingo siete de octubre de 1571 se trabó en Lepanto la batalla naval más importante de la historia. En ella, más allá de dirimirse intereses político-económicos, se entabló una confrontación o choque, trascendental para el futuro de Europa, de dos civilizaciones incompatibles: la occidental, de raíces cristianas, y la oriental musulmana, capitaneada en aquellos momentos por el Imperio Turco, teniendo como escenario el Mediterráneo, cuyo control suponía el alcanzar la hegemonía sobre el continente europeo.

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Desde el principio de su pontificado, en 1566, San Pío V fue un papa militante frente a los desafíos de su época; vio claro que la Cristiandad vivía tiempos difíciles y tenía una doble amenaza: una interna, disgregadora y desnaturalizante de la esencia de la Iglesia, la protestante, y la otra, más grave, porque comprometía la propia cultura europea, la turca musulmana, y lanzó una llamada de socorro a la unidad de los príncipes cristianos.

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Sólo él fue capaz de aglutinarlos, superando sus disputas internacionales, para poder hacer frente a tan descomunal enemigo con la Liga Santa de 1571. En ella se decidió el futuro de Europa, y, por ende, del mundo occidental. La victoria de la armada cristiana supuso un freno decisivo en la expansión del Islam, que amenazaba con conquistar el corazón de la cristiandad, Roma.

La Virgen del Rosario y su intervención en la gran batalla de Lepanto

En ella los cristianos combatieron por su honor y por su fe, no por conquista o rapiña: vencer o morir. Como dijo en el prólogo de sus Novelas Ejemplares nuestro Cervantes, participante entusiasta de excepción, “la más alta ocasión que vieron los siglos”, a partir de la que recibió su glorioso apodo de manco de Lepanto por la herida que recibió.

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España, aun enfrascada en su gesta atlántica de conquista, no colonización, y de evangelización, y del gobierno de la difícil Flandes, tuvo un liderazgo decisivo en la descomunal empresa, aun sin directos intereses político-económicos, que sí tenía la otra potencia naval, Venecia, que veía amenazada su red comercial en el Mediterráneo oriental por la arrogancia del otomano Selim II. Felipe II tuvo una perspectiva superior a la de los propios intereses de su Corona, la defensa de Europa, cuya civilización tenía al cristianismo como su principal elemento aglutinante y configurador.

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San Pío V se empeñó decisivamente con todas sus fuerzas diplomáticas hasta conseguir la firma de la Santa Liga, sin descuidar que el poder más grande del cristiano es la oración, y lo depositó todo en las manos de la Madre, María, usando como el arma más poderosa su rosario, que mandó rezar como rogativas por el bien de la cristiandad en vísperas de la contienda. Como se lee en el Senado de Venecia, “Non virtus, non arma, non duces, sed Maria Rosarii victores nos fecit”, “ni el valor, ni las armas, ni los generales, sino María del Rosario nos hizo vencedores”.

Muchos fueron los signos providencialistas que avalaron la ayuda del cielo en tal contienda, que, en principio era desigual en perjuicio de los cristianos; el más sobresaliente que el Papa tuvo una visión sincrónica de la victoria y mandó repicar jubilosamente todas las campanas de Roma. Algún frívolo “buenista” se pondrá las manos en la cabeza de que celebremos la victoria en una batalla; sí, es necesario, entregados a la oración, presentar batalla al principio del mal en cada época en defensa del bien común por todos los medios a nuestro alcance.

Archivo:Revelación a san Pío V de la victoria de la Santa Liga en Lepanto.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

Unos tiempos muy parecidos a los nuestros, pues nos encontramos en un momento crucial de cambio, en el que tenemos una gran responsabilidad. Ahora no es una amenaza localizada, como entonces, sino la coalición de una serie de fuerzas oscuras que pretenden aniquilar nuestra civilización y nuestros valores, entablando una lucha encarnizada contra su principal obstáculo, la Iglesia.

También tenemos al enemigo en casa, porque un relativismo complaciente y una cobarde connivencia con el mundo se han adueñado de buena parte de ésta, sobre todo en su cúpula, hasta desdibujar el horizonte de la trascendencia en pro de un inmanentismo globalista de corte panteísta.

No podemos renunciar a nuestro modelo de sociedad según el plan de Dios, confinándonos cobardemente en las sacristías y templos y renunciando temerosamente a la proclamación y esencia de nuestro mensaje. Un cristianismo sin vocación de proyección social, es un cristianismo que nace muerto, la semilla caída en el pedregal.

No podemos permanecer impasibles ante realidades que lesionan irremediablemente la condición humana, que para el cristiano es una realidad sagrada porque el hombre es imagen de Dios, y que ha sido revestida de una dignidad infinita desde el momento que Dios se encarnó en las entrañas purísimas de María, como proclamamos en cada avemaría de nuestro rosario.

Realidades como el aborto, la eutanasia o el suicidio asistido se basan en un concepto utilitarista de la persona: el que no sirve debe ser eliminado o eliminarse él mismo. La ideología de género y el transhumanismo quiere convencer al hombre, soberbiamente, que está por encima del plan divino e, incluso, del orden natural.

La absolutización de la salud material está minando nuestra conciencia individual y comunitaria, haciéndonos renunciar a la libertad por una hipotética seguridad y para eludir responsabilidades morales, abandonándonos en un emotivismo irracional en manos de falsos iluminados, lobos con pieles de ovejas. Nada más lejano del plan de Dios y del orden natural.

¿Y España hoy? El panorama no puede ser más desolador, nada que ver con la España de entonces. Nuestras autoridades civiles, del signo que sean, están arrodilladas ante el rodillo globalista que pretende eliminar todos los signos de identidad nacionales y los valores tradicionales, implantado un pensamiento único dirigido por los medios de comunicación, que condena violentamente al ostracismo social a quien se atreva a desafiarlo con su disidencia, y lo declara enemigo del pueblo. Nuestras autoridades religiosas permanecen anonadadas, temerosas de perder sus privilegios.

Sólo queda el pueblo fiel cristiano, al que toca, en torno a María, la resistencia ante la amenaza de este nuevo orden mundial alienante, que pretende construir una estructura supraestatal a modelo del sistema comunista chino, que es liberticida y anticristiana, defendiendo nuestras raíces y los principios de nuestra fe.

Recemos el rosario que recibimos de nuestros mayores, y pidamos a Nuestra Señora de la Victoria, como la denominó el propio papa santo, y Auxilium christianorum, invocación que introdujo en las letanías lauretanas, que nos ilumine en nuestra lucha activa contra el caos y las tinieblas del mal, Ella que, la primera, aplastó la cabeza del pecado de origen; Ella “que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden de batalla” (Cant. 6, 10), nos haga despertar de la alienación de este mundo y luchemos activamente , con nuestra acción militante, por el Reino de los Cielos, con el rosario en una mano.

Este es nuestro Lepanto. Reina del Santísimo Rosario, Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros.

San Pío V, el Pontífice de la batalla de Lepanto | Acción Familia - Acción Familia