PASEO POR SEVILLA DE LA MANO DE BÉCQUER

Bécquer, sin duda alguna, es uno de los inmortales de las letras españolas, y aun de las universales, y Sevilla, que lo vio nacer, conserva imperecederos recuerdos de él, de su vida, fundamentalmente en el centro histórico de la ciudad, en la collación de San Lorenzo, y de su obra, y lo conmemora para la eternidad en el famoso Parque de María Luisa.

Con el paso del tiempo, que aquilata las obras de arte auténticas, se ha convertido en el poeta del Romanticismo por excelencia, aunque no alcanzó la fama hasta después de su muerte. Su obra más célebre son las Rimas y Leyendas, esenciales para el estudio de la literatura romántica española.

“Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”. Con esas palabras proféticas se despedía Bécquer de su amigo el poeta Augusto Ferrán. Sin duda, no se equivocó en su pronóstico, puesto que casi un siglo y medio después es una de las figuras mejor valoradas de la literatura española, mientras que en 1870 dejó este mundo sin el reconocimiento que merecía y anhelaba.

Murió joven y apenado mientras un eclipse total de sol oscurecía su Sevilla natal, una casualidad demasiado romántica que bien parece sacada de una de sus leyendas, y tan solo un año después se publicaban sus obras completas.

Haremos una interesante ruta por esta Sevilla de Bécquer, recorriendo los lugares que pisó y en los que dejó una huella todavía hoy perceptible. Su tierra aún hoy le recuerda y son varios los espacios dedicados a él o vinculados a su existencia en los que se puede recrear la vida y algunas de sus obras del autor de Rimas y leyendas.

Barrio de San Lorenzo y San Vicente

Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla el miércoles 17 de febrero de 1836, en una familia de pintores y artistas. Partimos de la casa de la calle Conde de Barajas nº 26, en la que nació. Era hijo de José Domínguez Insausti Bécquer y Joaquina Bastida Vargas. El padre era un pintor costumbrista más conocido como José Bécquer, apellido que adoptó porque sabía el cariño que su abuela paterna y madrina, Mencía de Tejada Bécquer, sentía por él.

Hoy tan solo se conserva la fachada, en la que encontramos una placa conmemorativa, aunque no sea el edificio original. A principios del siglo XX, el torero Antonio Fuentes, conocido como el “torero de las golondrinas” por su gran admiración hacia el poeta, la reconstruyó, en la que vivieron sus descendientes hasta mediados del siglo pasado.

La casa del torero sufrió en 1975 un violento incendio quedando posteriormente cerrada y abandonada. Actualmente, del citado inmueble solo se conserva el lienzo de fachada.

Para que el recuerdo de la casa natal del poeta no desapareciera de la memoria de sus habitantes, el poeta sevillano Rafael Montesinos, gran conocedor y admirador de Bécquer, escribió una carta al Rey para que este edificio fuera declarado monumento histórico-artístico, lo que ocurrió el 24 de mayo de 1979.

Casa natal de Bécquer en Sevilla Placa conmemorativa en la casa natal de Bécquer Continuamos la calle hasta la Plaza de San Lorenzo, a la que le da nombre la iglesia parroquial donde él se bautizó el día 25, diez días después de su nacimiento. José Bécquer, su padre, puso a sus hijos nombres de reyes y emperadores. Al poeta sevillano le tocó el nombre del rey sueco. Su madrina fue Manuela Monnehay, una niña de 10 años, alumna de José Bécquer que moriría de cólera en octubre de 1855. Encontramos la pila bautismal en la cabecera de la nave de la epístola, aunque no en su ubicación original, que era la capilla de los pies del lado del evangelio.

Plaza de San Lorenzo en Sevilla Pila bautismal de Becquer de la parroquia de San Lorenzo Regresamos a la plaza y desandamos la misma Calle Conde de Barajas. Cruzamos la Calle Jesús del Gran Poder, seguimos por Santa Bárbara y tomamos a la izquierda por la calle llamada hoy Ana Orantes, entonces llamada calle Potro, en cuyo nº 6 vivían sus tíos y él mismo durante una temporada en el nº 27 tras la muerte de su padre en 1841, como consta en el padrón municipal de San Lorenzo, lo que se conmemora por una sencilla placa cerámica.

Casa de Bécquer en Sevilla Placa conmemorativa de la casa de Bécquer en Sevilla Continuamos por la calle, para desembocar en la Alameda de Hércules. Según los documentos de empadronamiento, tras la muerte de la madre, en febrero de 1847, se domiciliaron en el nº 37 de éstas, con sus tías maternas María y Amparo. De esta época son los dibujos y algunos autógrafos que el poeta hizo sobre el Libro de Cuentas de su padre. Cuando apagaban las velas, las noches de luna, él y Valeriano dibujaban iluminados por ella.

Por entonces visitaba con frecuencia a su madrina Manuela Monnehay, en cuya casa había una espléndida biblioteca bien abastecida de obras de Zorrilla, Espronceda, Chateaubriand, Balzac, Byron, Víctor Hugo y Hoffmann.

Coetáneamente frecuenta también como aprendiz los estudios de los pintores Antonio Cabral Bejarano, que tenía su estudio en el Museo de Bellas Artes, en cuyas paredes cuelga hoy su retrato, y de su tío Joaquín Domínguez. Aunque admiraba la pintura y nunca abandonará el dibujo, el gusto de Bécquer se orientó hacia la literatura.

Alameda de Hércules en Sevilla Seguimos por la calle Jesús del Gran Poder, entonces llamada calle de las Palmas, donde en el nº 29 se ubicaba el Colegio de San Francisco de Paula, donde realizó sus primeros estudios desde 1842 a 1846, en cuya fachada se conserva una placa conmemorativa.

Antiguo colegio de San Francisco de Paula Placa de Bécquer en el antiguo colegio de San Franisco de Sevilla Continuamos por la calle, y, a la izquierda, tomamos la calle Las Cortes, para desembocar en Plaza de la Gavidia. La cruzamos en diagonal y tomamos la calle San Juan de Ávila. Al final, tomamos a la derecha por Calle Virgen de los Buenos Libros, seguimos por calle Cardenal Cisneros, cruzamos la calle San Vicente, continuamos por calle Alfaqueque, para tomar la segunda bocacalle a la derecha, la calle Mendoza Ríos, donde vivió con su hermano Valeriano desde 1852 hasta su marcha a Madrid, ciudad a la que se trasladó la familia Bécquer en otoño 1854.

Placa conmemorativa de Bécquer en la casa de su hermano Valeriano Museo de Bellas Artes

Continuamos por la calle Mendoza Ríos, y, al final de ella, tomamos a la izquierda la calle Alfonso XII hasta la Plaza del Museo, donde está el Museo de Bellas Artes. En la primera planta se expone una buena colección de pintura de la época del poeta. En la Sala XII, en concreto, encontramos un retrato de nuestro poeta realizado por su hermano Valeriano en 1.862, año de su viaje a Madrid.

Es, lógicamente, por su maestría y realismo intimista, la imagen del poeta más conocida y la hemos visto en numerosos libros de texto y publicaciones. Incluso se reprodujo durante muchos años en un billete de cien pesetas. Su mirada llena de emoción conecta directamente con la del espectador.

Retrato de Bécquer obra de su hermano Valeriano Panteón de los Sevillanos Ilustres

Al salir, retomamos la calle Alfonso XII hasta el final. Cruzamos en la misma dirección para tomar la calle Laraña, en la que se encuentra la Facultad de Bellas Artes, antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús. La cripta bajo su Templo de la Anunciación atesora el Panteón de Sevillanos Ilustres, en el que reposan los restos del poeta y de su hermano el pintor Valeriano.

Los dos hermanos que están enterrados en el definitivo nicho murieron en Madrid en 1870 con tres meses de diferencia (antes Valeriano y después Gustavo Adolfo), y en 1884, la Sociedad Económica de Amigos del País, con el historiador sevillano José Gestoso a la cabeza, hizo la primera petición de traslado de los restos a su Sevilla natal.

Fue una azarosa lucha, pues no fue hasta 1912 cuando se aprobó que Valeriano fuera trasladado con su hermano a Sevilla.

El 9 de abril de 1913 se exhumaron de la Sacramental de San Lorenzo de Madrid los restos de los hermanos Bécquer y fueron conducidos en una carroza de tiro de cuatro caballos a la Estación de Atocha, para hacer la travesía en tren hasta Sevilla.

El 10 de abril llegaron a Sevilla, a la estación de Córdoba, donde fueron recibidos por el alcalde, Antonio Halcón. Se instaló allí una improvisada capilla ardiente y, tras una ceremonia religiosa, esta quedó abierta al público.

Los dos féretros llegaron a la iglesia de San Vicente, donde fueron depositados transitoriamente en la capilla de las Siete Palabras –a la que pertenecía José Gestoso– la noche del 10 de abril de 1913, ya que la lluvia impidió su traslado solemne desde la Estación de Córdoba, y en ésta no se podían quedar.

El acontecimiento, aunque se vio truncado por la lluvia, había sido anunciado con una esquela en los periódicos de la época, invitando las Reales Academias de Buenas Letras y Bellas Artes a la asistencia del acto.

El traslado dio comienzo a la tres de la tarde del día siguiente, el 11 de abril de 1913, cuando un cortejo fúnebre, pasando por la Plaza del Duque, se encaminó a la Iglesia de la Anunciación, en cuya cripta fueron depositadas las dos urnas, la de él y la de su hermano, inseparables en vida y en muerte, que pasaron en 1972 a su ubicación definitiva, y nunca le faltan las flores o el depósito de poemas, que se confían a él.

Lápida Gustavo y Valeriano Becquer Tumba de los hermanos Bécquer Detalle de la tumba de los hermanos Bécquer La carroza, en la que fueron transportados, la realizaron los alumnos de Bellas Artes, y tenía pebeteros en las esquinas. Un niño de once años, Luis Cernuda, el famoso poeta del 27, también sevillano, contempló el cortejo, lo que le inspiraría el titular uno de sus poemas con un verso de Bécquer, “Donde habite el olvido”, de la Rima LXVI. Así canta Cernuda:

Luis Cernuda

Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

 

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

 

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

 

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

La historia quiso que el gran valedor del traslado de Los Bécquer a Sevilla, José Gestoso, que murió solo cinco años después, el 26 de septiembre de 1917, terminase sepultado a escasos metros de la tumba de los dos hermanos.

Lápida de la tumba de José Gestoso

Convento de Santa Inés

Saliendo de la Facultad de Bellas Artes, tomamos a la derecha, y, tras atravesar la Plaza de la Encarnación, tomamos por la calle Imagen, que desemboca en la Plaza del Cristo de Burgos, y tomamos la calle Doña María Coronel, en pleno centro de la ciudad, donde está el convento de Santa Inés, de monjas clarisas. Para otra ocasión, pues no viene al caso, dejamos el relato, digno de una tragedia griega, de su fundación.

En el muro de la epístola del coro bajo, situado a los pies de la nave central, tras la reja conventual, nos encontramos con un órgano, recientemente restaurado, que vino a sustituir pasado el tiempo al que el poeta inmortalizó en su leyenda Maese Pérez el organista, que “se cayó a pedazos, de puro viejo, hace una porción de años, según le dijo la demandadera del convento al escritor.

Es una leyenda sobre un fenómeno paranormal, que consistió en que el organista Maese Pérez, tras su muerte, volvió a tocar el día de nochebuena al Convento de Santa Inés, donde estaba su hija para hacerlo. Es un bello relato que habla en contra de la envidia y de la vanidad de este mundo, que siempre es castigada.

Placa del convento de Santa Inés recordando a Maese Pedro Órgano del convento de Santa Inés Hacia el Parque de María Luisa

Desandamos el camino hasta la Plaza de la Encarnación y tomamos la comercial calle Puente y Pellón, que desemboca en la Plaza del Pan. La cruzamos, continuamos por la calle Francos y por la calle Placentines, para bajar, a la izquierda por la calle Argote de Molina la popular cuesta del Bacalao, al final de la cual se ubica la Taberna de las Escobas, a la que acudía nuestro poeta con asiduidad con toda la bohemia sevillana.

Taberna Las Escobas Sevilla Y llegamos a la imponente mole de la Catedral, donde, en el Altar de las Santas Justa y Rufina, que hoy presiden las maravillosas imágenes de las santas alfareras, custodias de la Giralda y patronas inmemoriales de la ciudad, obra de Pedro Duque Cornejo (1728), donde están enterrados los Bécquer –la reja está fechada en 1622-, nobles de origen flamenco que llegaron a Sevilla en el siglo XVI y alcanzaron una notable fortuna, antepasados del poeta, y cuyo apellido eligieron él y su hermano Valeriano.

Santas Justa y Rufina en la catedral de Sevilla Inmediato a la catedral, en el área declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, tenemos los Reales Alcázares, que él, tan dado al gusto romántico, frecuentaría con su tío Joaquín, restaurador y pintor de cámara honorario de Isabel II y de los Duques de Montpensier, que tenía su taller precisamente allí.

Entrada a los Reales Alcázares de Sevilla Cogemos por la calle Miguel de Mañara, Plaza de la Contratación, calle San Gregorio, Puerta Jerez, y pasando el hotel Alfonso XIII, llegamos al Palacio de San Telmo, que había sido levantado en 1682 para albergar la Universidad de Mareantes.

En 1846, con diez años, el poeta ingresó allí en el Real Colegio de Humanidades de San Telmo para estudiar humanidades y Náutica, donde hoy se ubica la sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía. Allí conoció a un olvidado de las letras sevillanas, a Narciso Campillo, con quien llegó a escribir un drama: Los conjurados, y una novela jocosa: El bujarrón en el desierto. Y, por supuesto, suponemos, que muchos de sus primeros versos. Tras la supresión del Colegio de San Telmo, el 7 de julio del 1847, el joven sevillano pasó a estudiar con el poeta Francisco Rodríguez Zapata, discípulo de Alberto Lista.

Palacio de San Telmo en Sevilla Por detrás del palacio, se halla el Parque de María Luisa, donado por la Infanta, hija de Fernando VII, hermana de la Reina Isabel II, esposa del Duque de Montpensier, Antonio de Orleans, hijo del Rey Luis Felipe de Francia, una dama que mereció pasar a la historia de la ciudad. En él se encuentra la Glorieta de Bécquer, la más famosa de este parque, frente a la Plaza de España.

Pasados unos cuarenta años de la muerte de nuestro poeta, los hermanos Álvarez Quintero, dramaturgos utreranos que empezaron a reflejar en sus obras las variedades dialectales andaluzas, decidieron, por su admiración, promover un homenaje imperecedero a nuestro poeta, que anunciaron por sorpresa durante unos juegos florales en el Ateneo.

Escribieron la obra La rima eterna y la representaron por todo el mundo. Con los fondos recaudados y la ayuda de donaciones individuales, pues se abrió una suscripción pública, hicieron levantar este impresionante conjunto escultórico en su honor.

Elegida y creada en 1910 bajo la dirección de los Álvarez Quintero, está centrada por  un impresionante Ciprés de los Pantanos (Taxodium distichum), que cubre y da sombra a todo el recinto, originario del Mississippi, que fue plantado aproximadamente entre el año 1850 y 1870, y que puede llegar a alcanzar una altura de 45 metros y vivir al menos 300 años.

Monumento a Bécquer en el Parque de María Luisa de Sevilla El conjunto escultórico, obra del joven escultor Lorenzo Collaut Valera, inaugurado el 9 de diciembre de 1911, está compuesto por el busto en mármol del poeta en un pedestal, cuyas facciones se inspiran en el retrato de su hermano Valeriano. Detrás, tres figuras femeninas de mármol también acostadas en un banco: el “amor ilusionado”, el “amor poseído” y el “amor perdido”, mientras que dos figuras en bronce, una de ellas, yacente que  representa al “amor herido” y la segunda, un Cupido, “el amor que hiere”, que representan la Rima X, El amor que pasa:

Los invisibles átomos del aire

en derredor palpitan y se inflaman,

el cielo se deshace en rayos de oro,

la tierra se estremece alborozada.

 

Oigo flotando en olas de armonías,

rumor de besos y batir de alas;

mis párpados se cierran… ?¿Qué sucede?

¿Dime?

¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!

Este monumento es referente nacional del estilo y época romántica.

Venta de Los Gatos 

Fuera de recorrido, tenemos en la avenida Sánchez Pizjuán nº 25, antiguo camino del cementerio, en el barrio de la Macarena, el lugar de la Venta de los Gatos, que una placa recuerda. Fue el escenario de una de sus leyendas de amor trágico entre el hijo del ventero y una moza.

Quedan restos de una lápida, colocada en 1928, que decía: “En esta casita, en tiempos pasados venta andaluza, ocurrieron las escenas célebres de fiestas, de amores y tragedias que inspiraron al cisne sevillano, el gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer su famosa leyenda La Venta de los Gatos. Los admiradores del poeta pusieron esta lápida para perpetuar y recordar este romántico recuerdo. Donada por José Suárez Durán, marmolista de esta casa. Enero 1928”.

En el cercano barrio de las Golondrinas encontramos por ello un discreto monumento a Bécquer consistente en un busto en bronce sobre un mural de piedra, rodeado de exuberante decoración vegetal, obra de Antonio Illanes Rodríguez, que lo realizó en 1967 a expensas del constructor del barrio, Ramiro Lahoz Abad.

Antigua venta Los Gatos en Sevilla Busto de Bécquer en el Barrio de Las Golondrinas Parque del Alamillo

No muy lejos se encuentra el Parque del Alamillo. Allí tenemos la Cruz de Bécquer, de piedra blanca, con el nombre del poeta, que hace realidad aquel literario sueño becqueriano: “cuando la muerte de término a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis”.

Se inauguró el día en el que se cumplieron cien años de que sus restos volvieron de Madrid para descansar en Sevilla. Se encuentra cerca de la pasarela que une este parque con San Jerónimo.

Cruz de Bécquer en el Parque del Alamillo de SevillaEn este lugar bucólico podemos rememorar su Rima LXVI, la que inspiró a Cernuda su poema citado más arriba:

 

¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero

de los senderos busca;

las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura;

los despojos de un alma hecha jirones

en las zarzas agudas,

te dirán el camino

que conduce a mi cuna.

 

¿Adónde voy? El más sombrío y triste

de los páramos cruza,

valle de eternas nieves y de eternas

melancólicas brumas;

en donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna,

donde habite el olvido,

allí estará mi tumba.

Ramón de la Campa Carmona

Academia Andaluza de la Historia